Dos días siguiendo un valle ancho, con nubes altas y hierba mojada, enseñaron que perder un collado en la niebla puede ser oportunidad. Acampamos temprano, secamos calcetines, y al amanecer el cielo abrió un corredor amable. No hubo cumbre, sí plenitud. Aquella pausa regaló mapas nuevos dentro de nosotros, más confiables que cualquier traza digital.
Renunciamos al último espolón por viento cruzado que mordía. La decisión nació tranquila, después de té caliente y miradas largas al horizonte. Volvimos cantando bajito, agradeciendo dedos tibios y suelas firmes. Semanas después, regresamos con otro pronóstico y subimos sin ruido. Aprendimos que los objetivos también maduran cuando uno respeta su propio compás interior.
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